pandemonium invierno Pandemonium: La acera de enfrente

miércoles, febrero 23, 2005

La acera de enfrente

Ayer se suicidó un chaval en mi pueblo. La madrugada del lunes, mientras todos dormíamos, en medio de la noche y del frío, salió de su casa, fue a un edificio alto del pueblo (ni siquiera al más alto) y dejó que sus veintisiete años se estrellaran sobre el cemento que había varios metros más abajo. Nadie se despertó con el ruido de los huesos. Tuvieron que pasar varias horas para que descubriéramos su cuerpo estrellado y su vida rota.

En el comentario de la gente del día siguiente estaba su carácter depresivo y su homosexualidad reprimida sin éxito.
-“Es que se metían con él, porque por lo visto era “homocezuá”; y como se le notaba, la gente, claro, se metían con él...”-

Cuando mis vecinos de 18.000 kilómetros a la redonda dicen que fulanito es “homocezuá” (u homosexual) están reprimiendo una fuerza interior que desde dentro les pide a gritos que lo llamen “por su nombre”: “maricón”. Pero utilizando ese eufemismo les hace creerse modernos y tolerantes y a tono con eso que se ha venido en llamar “políticamente correcto”.

Seguramente mis vecinos comentarán lo ocurrido durante varias conversaciones de estufa y café. Y todos, incluso los que se metían con mi ex vecino, dirán que es que era “homocezuá”. Y todos volverán a dormir esta noche y todas las noches con la conciencia tranquila porque llevan perfectamente encajados su disfraz de “moderno-tolerante-politicamente correcto” que dice “homocezuá” ( así, en voz baja, para ofender menos) en vez de maricón, que es lo que les pide el cuerpo.

Pero bajo los disfraces de mis vecinos de 18.000 kilómetros a la redonda aguardan millones de lobos dispuestos a atacar en manada y a traición contra todo lo diferente, contra todo lo que no acate la podrida e hipócrita moral reinante, contra todo lo que quizá les recuerde sus miserias reprimidas, contra todo hombre y mujer que se descubra a sí mismo y que muestre la desnudez y la simpleza de su alma; sin los adornos, cadenas y caretas que nos hemos ido acarreando a lo largo de nuestra historia.


Este fin de semana hubo carnaval y el que viene también tenemos carnavales. La avenida de mi pueblo se volverá a llenar otro día de gente tomando café, como si nada hubiera pasado. En la acera de enfrente, al pie del edificio de la casa cultural, la vida rota de mi ex vecino ha quedado para siempre apartada de las tardes de sol, del transcurso de nuestros años, estrellada contra el suelo, como quedan los perros en las cunetas.

Un bullicio uniforme de gente a tono con el paisaje, con la moral y las buenas costumbres se desparrama un día más por la calle en este absurdo carnaval eterno. A un lado, apartados de la vista y de la foto, como sin querer molestar, quedan los que sobran, los que no caben en esta calle. Los que eligen cada día vivir sin miedo y son condenados e invitados cada día a salir de aquí; sin molestar, sin hacer ruido, en medio de la noche, mientras todos dormimos.

1 no pudieron callarse:

Blogger libertad replicó sin poder evitarlo...

Miguel Delibes expresaba en su libro "Las ratas" que, en aquel pueblo de Castilla donde la gente vivía aferrada a su terruño, las tragedías se sucedían en la vida del hombre sin demasía, sin aspavientos...Supongo que no sólo en los pueblos de Castilla, desgraciadamente, como tú nos cuentas, es así...pero creo que esto tampoco significa que ahora las cosas sean como antes. Algo ha cambiado y está cambiando, aunque demasiado poco a poco, lo sé...

1:49 p. m.  

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